Cómo conectar y comunicarte con tu hija efectivamente y para siempre

20.09.2018

¿Te paso que en tu adolescencia con la persona que menos te comunicabas era con tu madre? ¿Te paso que en casa callabas y disimulabas para después salir a la calle y escapar con tus amigas y amigos? ¿Te gustaría que la relación con tu hija fuese diferente?

Yo recuerdo mi adolescencia como una época en la que siempre tuve que parecer alguien que no era y sentía que tenía que esconder mi verdadera esencia.

Recuerdo que lo único que me movía, y por lo que realmente sentía pasión era irme de fiesta, salir con mis amigas, desinhibirme y pasármelo bien.

El resto de mi vida lo consideraba como el trabajo que tenía que hacer para merecer existir.

Siempre me consideré inteligente y responsable. No me costaba estudiar y aprobaba con facilidad, pero siempre hacía lo justo e indispensable, nunca consideré que aquello fuese para mí, ni que de aquello dependía mi vida y mi futuro.

Nunca se me hubiera pasado por la cabeza hablar en mi casa de sexo o relaciones, más bien intentaba que no saliera el tema, no fuese que les diera por preguntarme. ¡Que vergüenza por dios!

Así que mi vida discurría intentando hacer lo que me divertía y pretendiendo ser otra persona a la vez.

Era totalmente desgastante y, por supuesto, no funcionaba muy bien.

Siempre vivía con las ganas de escabullirme y conseguir engañar, para después vivir con el miedo de que me descubrieran.

Mi forma de evasión era, principalmente, el alcohol. 

Empecé a beber en el mismo momento que pude alejarme un poco de la mirada vigilante de mis padres y me sentí exultante con esa sensación de falsa libertad que me daba. El tabaco también llenaba gran parte del vacío interior que sentía.

Así viví toda mi adolescencia y juventud. Salí de mi casa lo antes que pude y me fui a vivir a otra ciudad buscando en la distancia el escondite perfecto para seguir siendo "mala" y que nadie se enterara.

Ilusa de mí, pensé que aquello funcionaba, pero cada vez me sentía más avergonzada de quien realmente era y tenía que interpretar más, y cuanto más interpretaba más me avergonzaba de mí misma.

Era un círculo vicioso que se alimentaba de la culpa y que cada vez era más fuerte y más indestructible.

La vida me dio triunfo profesional y económico, conseguí seguir escapando poniendo cada vez más kilómetros de por medio, pero cada vez estaba menos satisfecha y empecé a buscar llenarme de otras formas.

Pensé que cuando encontrase una pareja estable por fin sería feliz y todo cambiaría, pero no fue así.

Pensé que cuando me casara llegaría la estabilidad y la tranquilidad que tanto deseaba, pero ni mucho menos.

Estaba convencida de que lo que no me iba a fallar era la maternidad. No cabía duda alguna de que cuando tuviese hijos, entonces sí, ellos traerían todo lo que necesitaba.

Fue demoledor cuando llegaron mis hijas y me di cuenta de que, no solo no me daban lo que yo esperaba si no que, además, me demandaban un montón de cosas que me suponían un verdadero suplicio porque era totalmente incapaz de darles.

Quería escapar y lo intentaba de la única forma que sabía: desconectando y desinhibiéndome, pero ahora la culpa que sentía cada vez que hacía algo por mí era tan pesada que ni siquiera podía disfrutar un momento.

Desde entonces, todo mi camino se ha dirigido a conseguir disfrutar realmente de la maternidad y librarme de toda la culpa, el malestar y el enfado constante en el que vivía.

Laura Gutman y Paternidad Efectiva me permitieron ver cómo mis heridas y mis máscaras no dejaban brillar mi luz y como, sin querer y por mucho que lo intentase, hasta que no las viese y las curase, estaba condenada a repetir mi historia.

Pero por muy profundo que iba, por mucho que me conocía, siempre había momentos que recaía y volvía a las andadas. No entendía por qué.

Me costó mucho esfuerzo, pero me decidí a llegar hasta el final, porque no quería que mis hijas pasaran solas la adolescencia, tampoco quería que tuvieran que pretender ser alguien que no son y, además, quería disfrutar del proceso

¡Quería conectar con mis hijas y mantenerlo toda la vida!

Seguí trabajando en mí, practicando ser consciente y mirar en todo momento a mis hijas pero nunca llegaba a ser capaz de hacerlo de verdad, hasta que un día me di cuenta de que era imposible conectar con mis hijas si realmente yo seguía desconectándome de mi misma.

Me di cuenta de que lo hacía de la misma manera que aprendí a hacerlo hace casi 30 años y decidí, en ese mismo momento, dejar de hacerlo y permitirme conectar de verdad conmigo misma.

Dejé de beber, de comer para llenar mis vacíos, comencé a mirarme con amor verdadero y al amar a mi cuerpo de corazón él me lo agradeció transformándose y guiándome hacia una salud y belleza verdaderas.

Hoy he liberado toda la energía que había ido bloqueando durante toda mi vida y que no me dejaba fluir, que me tenía rígida y sin posibilidad de movimientos.

Hoy bailo con mis hijas, pruebo todos los días cosas nuevas, observo la vergüenza que me quiere detener como los coletazos del ego que no quiere darse por vencido, pero hoy la que decide soy yo.

Una vez que abres los ojos ya no puedes dejar de ver.

La lección más valiosa que he aprendido en este largo viaje es que no nos desconectamos porque llegamos a la edad del pavo. La conexión es algo que se debe crear con confianza, amor y respeto desde que nacemos.

La conexión es algo que se alimenta día a día y que cuando se rompe, se puede volver a arreglar, pero el esfuerzo necesario es enorme y siempre quedará la cicatriz.

Por eso no nos podemos quedar mirando el tiempo pasar, esperando que nuestras hijas de repente empiecen a contarnos sus problemas cuando nosotras nunca les hemos compartido los nuestros.

Hoy podemos empezar a alimentar la conexión con nuestras hijas haciéndoles saber lo importantes que son para nosotras, dedicándoles tiempo de corazón, nuestra mirada, nuestra escucha.

Acuéstate a su lado, escúchala cuando te pida tu atención, aunque estés tan ocupada, confía en ella y no seas tan dura con ella.

En definitiva, si queremos recibir, primero nos toca dar y demostrar que no se van a arrepentir y eso significa dejar los juicios, los sermones y nuestras limitaciones a un lado y que ellas puedan ver lo importantes que realmente son para nosotras.

Date la oportunidad de mirar, de cuestionar y de conectarte contigo para poder realmente conectar con ella y su realidad.

Si nutrimos hoy la comunicación y la conexión con nuestras hijas, el día que llegue el momento de enfrentar los desafíos de la vida adulta se sentirá segura de compartir contigo, sin miedo a que le juzgues, tendrá la confianza de hablarte, de buscar tu palabra, tu aliento y eso te permitirá seguir siendo parte de su mundo y seguir acompañándola en esos momentos tan delicados de transición a la vida adulta.

Nuestras hijas toman sus decisiones libremente, pero nosotras tenemos la posibilidad de influir para que lo que echen en su mochila sean herramientas útiles en vez de piedras que no las dejen avanzar.

¿Tú que decides?

Un abrazo,

Esther de Maternidad y Crecimiento