El control que nos controla

26.08.2018

¿Te pasa que no soportas cuando tu hija o tu hijo llora o patalea "sin razón"? ¿Te pasa que te hierve la sangre cuando no te hacen caso y más si es delante de otras personas? ¿Te sigue pasando, aunque seas una madre consciente que se esfuerza por hacer lo mejor por sus hijas e hijos?

Ya somos, por lo menos, dos. ¿Y, por qué nos pasa esto? ¿Por qué por mucho que nos informemos, que leamos, que entendamos, sigue habiendo momentos en los que perdemos el control?

El problema está precisamente ahí, en el control. El control que pasamos de generación en generación y que es el que realmente nos controla.

Quizás puedas recordar en tu infancia una escena en la que te sintieras mal por cualquier motivo y lo expresaras de la única forma que sabías: con llanto, un berrinche o que menos que una cara de enfado. Quizás estas expresiones no fueron bien recibidas por los adultos de tu entorno y, en vez de recibir unas palabras de empatía y entendimiento, lo que recibiste fue más bien una cara de desaprobación o hasta frases como: ¡A que te doy un bofetón para que llores con razón!

Te invito a que empatices con esa niña que fuiste un día y que vivió esa situación de injusticia e incomprensión. Esa niña, no solo vivió algo que no la hizo feliz, ni siquiera pudo quejarse por ello, no le fue permitido expresar sus emociones y, lo peor de todo, es que le dijeron que eso que a ella le parecía tan importante, no lo era.

Ojalá esta situación la hubiésemos vivido solo una vez, pero la realidad es que la mayoría de nosotras la vivimos hasta que aprendimos a bloquear nuestras emociones, especialmente las negativas, y todas sus expresiones. Por fin, aprendimos a ser una niña buena y a nunca poner malas caras ni protestar.

Quizás en algún momento pensamos que esto que sucedió hace tanto tiempo, hoy está totalmente olvidado y que no repercute en nuestras vidas, pero la ley de la conservación de la energía también se cumple en este caso y toda esa energía negativa que no pudo salir busco un lugar en nuestro cuerpo donde acomodarse y ahí sigue estancada hasta el día de hoy.

Hasta el día que la movilicemos y la dejemos por fin salir.

Nuestro subconsciente aprendió muy bien la lección y la hizo ley, por eso ante cualquier situación que se pueda poner en riesgo el cumplimiento de la ley, ¡toma el control y deja bien claro que expresar emociones negativas no está permitido!

¿Te recuerda esto a alguna situación? ¿Quizás esa que planteamos al principio del artículo?

Nuestra fuerza original se reveló hasta que no le quedó más remedio que sucumbir al control y ahora nuestro subconsciente se encarga de que cumplamos con nuestra programación de controlar a nuestras hijas e hijos.

Por eso nos cuesta tanto soportar que nuestras hijas e hijos se permitan pedir, quejarse, llorar, patalear. Estamos programadas para controlar nuestras emociones y no soportamos que los demás no lo hagan.

Las consecuencias de esto, aunque ya son suficientemente escalofriantes van mucho más allá.

La energía femenina es básicamente emocional, mientras que la masculina es más terrenal y ejecutiva y todos, mujeres y hombres, tenemos tanto energía masculina como energía femenina.

Mujeres y hombres hemos aprendido, de la mano del control, a bloquear nuestras emociones, especialmente aquellas que no nos hacen sentir bien, y esta es una de las razones por las que en el mundo domina de una forma tan aplastante lo masculino sobre lo femenino.

El control es una de las herramientas más poderosas del patriarcado y aplicado a las emociones tiene unos efectos devastadores tanto a nivel global como individual.

Hoy no somos capaces de empatizar ni siquiera con nuestras hijas si por medio hay desafío o muestras de enfado y expresiones de malestar como gritos y pataletas.

La policía del subconsciente toma el mando y reproducimos las mismas escenas que nosotras vivimos exigiendo control y buenas caras.

Por supuesto detrás está la culpa, esperando muy atenta para, después de nuestra actuación estelar, hacer acto de presencia y dejarnos bien claro que, por mucho que nos esforcemos, eso de criar desde el amor y el respeto debe estar reservado para otras madres más aplicadas que nosotras, que nosotras no valemos para eso.

Llegadas a este punto ¿Podemos hacer algo? ¡Por supuesto! Ahí está nuestra oportunidad de seguir avanzo y creciendo. Es la oportunidad de aprender la siguiente lección.

Podemos vernos en ese momento crítico y darnos cuenta de lo que nos está pasando, a veces incluso puede pasar que te veas y quieras parar, pero tus palabras hirientes sigan saliendo de tu boca. Está bien, reconoce que estas sintiendo, ¿dónde notas el bloqueo?

Sal de la situación lo antes que puedas, busca otro adulto que pueda contener a tu hija o hijo, conecta con eso que estás sintiendo y habla con esa niña que vivió ese momento donde tuvo que tomar esa decisión tan drástica para poder sobrevivir y pregúntale qué necesita, ¿que necesito en aquel momento? Y si es llorar llora, si es gritar grita, lo que sea. Hazlo hasta que ese bloqueo de energía en tu cuerpo desaparezca.

Ahora que lo has traído a tu consciente ya no puede controlarte más y tú puedes tomar la decisión de transmitir a tus hijas e hijos este aprendizaje de una manera libre.

Soltar estas cadenas es lo único que nos puede dar la verdadera libertad y permitir a nuestras hijas e hijos crecer sin cadenas, es lo único que puede liberar la energía femenina mundial de esta prisión.

En Maternidad y Crecimiento estamos para ayudarte a encontrar la forma de soltar esas cadenas que nos anclan y nos esclavizan para que también puedas dar a tus hijas e hijos, la oportunidad de vivir sin ellas.

¿Te imaginas como hubiera sido tu vida sin cadenas? Ahora tienes la oportunidad de hacerte ese regalo a ti misma y a tus hijas e hijos.

Comparte este artículo para que este importante mensaje llegue a todas las mujeres que, como tú y yo, quieren cambiar el mundo empezando por nosotras y por nuestras hijas e hijos.

Un abrazo de tu compañera de camino

Esther de Maternidad y Crecimiento